en este pentagrama gris metalizado,
que discorden sus acordes de musas sedientas
de cristales corrompidos por el desánimo
clavándose en las plantas de los pies
musicalizando crujidos erizados.
Que inunden de turquesa los galones que las realzan
y los verdes prados donde se aposentan,
que se quiebren ante el graznido de los cuervos que velan su caída
y ante el vuelo de los halcones que las amedrentan.
Que se hiele cada charco antes de que salpiquen
de alborozo sus cordones desatados,
que reconozcan la libertad cuando vuelvan la cabeza
y ya sólo, alejándose, les dé la espalda,
que arda el oscuro desparpajo
donde ocultan con esmero su morralla.
Deja que ocurra bajo mil deseos fugaces,
que todo eso ocurra si no aceptan su miseria de mortales
envuelta en hileras
de versos de princesas callejeras
y mendigas ambiciosas.
Si no aceptan su miseria de mortales,
oh, veneradas diosas.

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