martes, 4 de agosto de 2015

Renacer.

Firmaba tu espolón de tierra fría
con huellas de almidón y sed latente,
abriéndose campo entre amagos
de atavíos y de savia-continente.

Rompían a los barcos tus espinas
de juglar esponja-acero,
menguaban las olas con tu prisa
de no ser nunca el primero.

Se rezagaban tu sudor y tu asterismo
de nubes avistándonos naufragio,
esas que vimos deshacerse en el olvido
de abundancia mar, verde oceánico.

Si anduvimos por encima hasta del miedo
¡cómo podíamos siquiera imaginarlo!
ponerle el punto a las mejillas sonrosadas,
ponerle tiempo a los dedos encarnados.

No quisimos entregarle a nuestros ojos
ni un milagro, ni una lanza en plena guerra.
Aún tenemos la certeza de ser nuestros,
aún tendremos la esperanza de perderla.

domingo, 5 de julio de 2015

Cordón ex nihilo.

Llevo ardiendo en la sangre todo el mundo que mi piel no ha testado, raíz
de ángeles ahogándose en líquido amniótico, raíz
sin fruto latente, sólo matriz
que conoce la apatía de su fin.
¡Silencio, nube gris!
¡No me nombres, alma sórdida!
¡Cordón ex nihilo!
Yo no vine aquí a pujar hogar,
yo vine a serlo.

miércoles, 24 de junio de 2015

Exilio.

Camino sin ver mis pasos.
Sólo cuento unas medias rotas
y el tiempo perforándome la oreja a compás perdido.
Uñas desteñidas
rasgando señales en mi capricho de seguir caminando sin ver mis pasos.
Hoy no suena música en mis mejillas
ni en mis dedos
ni en mis labios.
Todos mis orificios son de huida,
y eso duele:
puñales clavándose a mi vida.
El terror de morir un jueves a media tarde
no sería comparable
con los restos que me quedan hoy del día.
Me resuena el compás perdido en los acordes de mi boca.

De aquí al vacío hay sólo un paso.


Sólo una hoja bailando como bailan las notas en los charcos.

Sólo un charco empapando de vaivenes nuestra orilla.
Es decir, nada.
Vacío.

He aprendido a escuchar esa melodía que de niña me aterraba.

El silencio lo aprecia quien no sabe escuchar.
Escuché la melodía y me aterró.

Hoy me asedié en una esfera de ideas cuadriculadas

y de repente lo vi todo desde una única perspectiva.
Algunos lo llaman "poner los pies sobre la tierra".

No logré volver a aquel silencio.

No logré emprender de nuevo el vuelo.
No logré deshacerme de este velo.
Ahora sólo cuido cada uno de mis pasos
mientras sigo buscando el compás que trazó esta maldita isla.

Baja mundanal.

Arden tu futuro y tu pasado
bajo las yemas de los recuerdos incrustados en tu sien.
A conciencia
cambiaste el mundo
por debajo de tu lengua.
Fueron vanas las huellas dactilares sobre el pegamento
ya seco
de la impaciencia.
Habríamos querido
(quizá)
poder huir a tiempo
de nosotros mismos.
Pero no fue la pesadumbre de la penumbra lo que nos detuvo,
sino el exceso de lumbre sobre la costumbre de contar
los milímetros de una tierra
que pisamos sin rumbo
ni cielo
ni esfera.

Matriz.

Me duelen los relojes vacíos en los cuartos que me encierran,
pero aún más las horas rotas de ausente infancia en su regazo.
¿Pudiera ella haber sido solitaria compañera?
¿Pudiera deshacer esa armadura un simple abrazo?

sábado, 6 de junio de 2015

Amanecer marchito.

Podría haber disipado la escarcha
de las sombras de un pronto atardecer
desde el hombro de mi caída,

pero sólo pude aferrarme
al esbozo de tu gesto alegre,
al desdén de tus cortinas,
a las húmedas rocas de tu pozo,
al escorzo de tu piel marchita.

N
O.
Tienes razón.
Aquí
:
ya no amanece para nadie.


martes, 5 de mayo de 2015

Él.

Cuando se queda pequeño un "te quiero",
cuando puedes besar con palabras,
cuando brotan con su risa las lágrimas
que prenden tus llamaradas.

Cuando en droga se convierte un cuerpo,
y los ojos, puñales,
se clavan
se encierran
en otra mirada.
Cuando tus manos se vuelven ajenas
y la piel con caricias se arma.

Entonces.
Sólo entonces.

Cuando sólo manan versos de su pelo,
cuando en silencio todo parece estar claro,
cuando los detalles te rehacen
y en la intimidad te deshaces
derritiéndote en sus labios.

Cuando sus brazos,
hogar y trinchera,
cuando sus besos,

cuando su cuello,
mordisco y refugio,
cuando sus dedos.

Entonces.
Él entonces.

Cuando aparece,
y te calma,
cuando te enloquece,
cuando te araña
las ideas, los sueños
y todo lo que convierte en realidad.
Y todo lo que no se puede contar.
Y todo lo que no sabría explicar.

Entonces.

Sólo.

Entonces.

Él.

En busca de.

Me buscabas.
Yo sé que el morado de tu mirada me buscaba.
Como siempre
un paso detrás de todo
lo que podríamos no haber tenido nunca.

De todo lo que pudimos no ser:

una sonrisa tras un beso al despertar,
una caricia tras un polvo al despertar.
Todo eso
en un adiós
al despertar.

Sin embargo los dioses,

ajenos y etéreos,
decidiendo sobre el destino de los días,
invitándolos a morir
en cada gesto que no vimos llegar,
en cada gesto que nos alejó de nosotros mismos,
nos dejaron atrás.

Me buscabas.

Yo sé que me mirabas
con los ojos cerrados
para evitar verme marchar,
que me nombrabas
en voz muy baja
para no molestar.
Que me buscabas, como siempre,
en lugar de abrir los ojos
y encontrar.

sábado, 25 de abril de 2015

Los días que pasan.

Era la soledad más plena que me podía llevar a los labios,
que podía mecer entre mis dedos,
estas lágrimas envasadas al vacío,
este 'no dormir' lleno de culpa,
este sonreír lejano de besos,
este 'no soñar' nervioso,
                                        quizá por el café,
quizá por tantas noches pensando en qué hacer con los días que pasan,
de mañana en mañana,
y ayer
            que era hoy
                                 y ya es mañana
y pasa la vida, los días,
y así es como pasan los días:
lamiendo la sal de pieles impropias cuando baja la marea y las lágrimas ya no asoman
(aun cuando te estás muriendo de sed),
acariciando las palabras sentidas,
                                                       los andares tímidos,
                                                                                        las sonrisas crispadas,
desconfiando de miradas ajenas cuando eres tú quien se refleja en sus pupilas.

Todos somos iguales y tan diferentes,
que no solemos apreciar
las diferentes similitudes
que nos acercan o alejan
de los días que pasan.

Pero así es como pasan los días,
como se curan los insomnios: queriendo.

Queriendo lágrimas,
besando lágrimas,
limando la sal de unos ojos que,
de haber sido los tuyos,
ya se habría convertido en piedra.

viernes, 24 de abril de 2015

Verterse de miedo.

Deambulo entre la miseria del miedo,
reconozco
                   el miedo al miedo
                                                 mucho antes de sentirlo:
miedo muerte.



Vacío.



                                         Vértigo.



Verterse
               en el titubeo de una lengua ahogada en su propia saliva,
               en la piel temblorosa de unos párpados que no se rinden ante el llanto,
               en los resquicios absurdamente llenos de oxígeno de unos pulmones encharcados...


Enjugarse después en una luna de trapo que, menguando, te mira y sonríe.

Me sonríe. Me mira.
                                   (Ya es de noche.)
Pero yo ya no soy yo.
Ahora soy miedo.
                                   (Tiembla.)
No
estoy
viviendo.

viernes, 10 de abril de 2015

Por si me muero.

No me gustaría,
en el momento en que muera,
darme cuenta de que estoy muriendo.



Así que,
por favor,
el día que vean el puñal en mi espalda
no lo digan ni se asusten.

Esperen a que mi cuerpo, exhausto de vida,
repose boca arriba,
dejando al acero penetrar los recuerdos inconfesables,
los pensamientos pendientes, ya fugaces,
los vicios que ya no viviré
 y aquello que en mi inconsciente quedaba recóndito
quizá por algún trauma de la niñez.



Si me ven la soga al cuello,
no se alarmen ni armen bulla.

Dejen
que, mientras la sangre en el pescuezo se me coagula,
los ojos se me salgan de las órbitas,
echando la vista hacia otro lado
que no sea ya el futuro.
Que el intelecto que pude poseer
se desvanezca como la tiza en una pizarra borrada,
dejando apenas una ligera polvareda
de lo que pude haber sido.
Y, si algún día tuve la destreza del canto,
retumbe mi último latido
para emitir un suspiro de calma a todos mis seres queridos
y les suene a la melodía que,
ya asfixiada en mi garganta,
una vez me dio la vida.



Si me ven al borde del precipicio,
asomada, inclinada hacia el abismo,
y me ven caer
                        caer
                         CAER
                                                          hacia el vacío

no griten
ni pretendan detenerme.

Será, acaso, que intenté volar
con demasiada mierda en los bolsillos,
o que dejé, tal vez, que me dieran aquel empujoncito.

Exacto,
sí.

Dejen entonces que el viento
                                                  manipule mis gestos a su antojo.
Dejen que me vacíe
                                  de miedo y de culpa,
de todo lo que me hizo terrenal en este mundo:
                                                                              la carne.
Dejen que el placer del que gozó mi cuerpo
                                                                        se evapore
                                                                                            por cada poro de mi piel
y que se quede impregnado en el ambiente
          contaminando de mí el aire que aspiren
                   todos los que alguna vez creyeron poseerme.
Poseer algo que no era de nadie, sino del aire:
                                                                           un cuerpo.
Dejen que toda mi sangre se derrame en tinta
                                   en la gravedad de este hundimiento
y, por último, dejen
                                  que por fin
                                                      me haga volátil.



Si me ven, en cambio, llena de vida,
colgada de horizontes lejanos e infinitos,
hambrientos de nuevas pisadas o,
quién sabe,
oculta en rincones de barro y savia,
impregnándome de natura,
o en parajes repletos de salvajes relatos de ciencia ficción...

por favor,
                 ¡por favor!

no me hablen de la muerte.

miércoles, 8 de abril de 2015

Tomo las riendas: cabalgo.

Me veo,
a las duras,
en el reflejo de los ojos
que me condenan al destierro
de los versos que aún no he escrito,
como un jinete perdiendo los estribos
de la pluma que cabalgo por momentos,
y la niña que al estanque,
según Lorca, se le ha muerto
se abraza sollozando a una luna
húmeda y turbia
que, en lugar de alumbrarme en la penumbra,
me enmudece y me abruma.
Mis lágrimas, mustias,
colisionan contra un vacío que añoro,
aunque todavía no se vaya.
Un vacío que se ensancha
con cada bocanada de aire previa al suspiro.
Los suspiros previos a las flechas que me lanzan,
que no me alcanzan.

Vuelvo a tomar las riendas.
Cabalgo.

"Ojalá acierten" pienso,
mientras tenso mi arco.

"A ellos..."
Apunto.

"...les pesará mucho más."
Disparo.



martes, 7 de abril de 2015

Despacio...

"Sueño
sin fin
ni tregua 
alguna" 
-Samuel Becket-        



La gente, o avanza muy deprisa a mi alrededor, o se queda estancada. Y yo voy como volando despacio.
Pero ya no lloro, como antes, esos cinco minutos al día en que le daba una tregua a mi sonrisa de muñeca de trapo.
Nunca se me notaron los coloretes, pero a día de hoy vivo sonrojada, casi feliz. Aunque mis lágrimas ya no se ahoguen tinta sobre el papel.
A veces lo echo de menos. Es como un dulce y tentador masoquismo. Pero la mayor parte del tiempo sonrío, bailo y canto. Y lo miro, observo, admiro. Y cuando lo miro mi alma extiende sus alas creyéndose libre. ¡Como si acaso no lo fuera!

"Sueño
sin fin
ni tregua
alguna"

No me canso de leerlo.
De repetirlo.

"Rêve
sans fin
ni trêve
à rien"

Aprieto el boli: YO NUNCA ABANDONARÉ MIS SUEÑOS.

Ergo, sigamos volando:
                                Despacio...
                                  Despacio...
                                    Despacio...
                                      Despacio...
                                        Despacio...
                                          Despacio...




jueves, 26 de marzo de 2015

Crescendo.

No buscando nada
me he encontrado a mí
pretendiendo no querer más allá,
más allá de lo que nunca me permitieron querer.

Vaya cosa.

Yo que siempre creí en el amor
y desconfié del miedo.
Verme a mí cambiando sus papeles,
intercambiando sus notas de corazones y calaveras,
celestina de música.
Yo
que era la enamorada del amor por excelencia
me veo cerrando los ojos
ante el fortuito choque inminente que vendrá.

Yo que disfrutaba de la adrenalina del "sin frenos y a toda vela",
yo que nunca le puse barreras al fracaso, a la derrota,
que nunca le puse reparo a los tropiezos,
que nunca creí en "nuncas"
ni en "para siempres",
pero tampoco en infinitos,
me estoy pidiendo, rogando, implorando,
me suplico valorar la caída de esta nube,
tasar: las notas de polvo
          las lágrimas acompasadas en un 3/4
          los recuerdos sostenidos
          las sonrisas bemoles
          los silencios de piel, de aroma, de tacto
          los acordes de L'A, DO, RE,
          la clave de SOL
          la clave de FA
       y un SI.

Dame un SÍ, y otro SÍ, y otro.
Un SI que suene a infinito
o tan sólo
un TÚ que no suene sin MÍ.
Pido, ruego, imploro, suplico
(ya sabes que soy un desastre)
no olvidarme de dejarte
el ala delta, la liana y una línea adicional del pentagrama
si es que voy a caer,
redonda y desafinada,
en el calderón indomable del olvido.



Cuando no miras el reloj.

Aún no te has dado cuenta de
que cuando no miras el reloj
los minutos pasan como a ti te plazca,
que cuando no miras el reloj
tus ojeras descansan,
que cuando no miras el reloj
tus suspiros se acompasan con el eco de tu voz,
las palabras se aclaran
y tus labios toman el control
besando todas tus mañanas.

Cuando no miras el reloj
la brisa llega acariciando tu cara,
revolotea entre tus canas
y desnuda tu mirada
endulzando el dolor que mascas
y escupes
en las aceras de tu rabia.

Cuando no miras el reloj
el mar, que estaba en calma,
te mece hasta la risa de los días en que piensas que te falta,
y la luna, conmovida,
cambia sus cráteres por las lágrimas que adornaban tus mejillas,
que ahora lucen sonrojadas.

Cuando no miras el reloj
haces de tus días templos
donde guardas las riquezas que no perecen con el tiempo.

Cuando no miras el reloj
te descubro, risueña y coqueta,
buscándote entre los versos de un poeta
del que algún día fuiste musa.

Vuelves a ser ella
cuando no miras el reloj.




lunes, 23 de marzo de 2015

Ellos eran los artistas.

Ellos eran los artistas,
los que apenas atendían en clase,
soñaban todo el rato
y aprobaban, si acaso,
para cerrarle la boca a "esa maldita profe".
(Esa que nunca quiso serlo.)

Ellos eran los artistas,
los que movían la cabeza al son de la música
y no al tun-tún de todos los demás,
los que no sólo ilustraban las últimas páginas de sus cuadernos,
sino todas y cada una de ellas...
y las mesas, las paredes,
zapatillas y pizarras,
(Cualquier trozo de papel se quedaba corto.)

Ellos eran los artistas,
los que no temían a casi nada
y dudaban de casi todo,
observando cada gesto
junto a las miles de posibilidades
a las que podría preceder éste.
(Miles de historias en un sólo movimiento.)

Ellos eran los artistas,
tantas veces olvidados, relegados,
imperceptibles e, incluso, ignorados.
Y, otras tantas, solitarios por capricho.

Tal vez la soledad siempre fue la mejor musa.
La realidad, la mayor enemiga.

De ellos, los artistas.

Presos de lo imposible,
pensándose hoguera y lluvia
pensándose herida,
pensándose cuadro y melodía,
pensándose beso,
pensándose obra y vuelo,
pensándose libro.

En fin,
pensándose libres.

Hasta que la soledad se torna simpleza
y la realidad abruma
desdibujando sus sueños de pupitre.
Y terminan cada día en su sillón
pensándose felices.




miércoles, 25 de febrero de 2015

Nadie se enamora de la chica torpe.

Seguía haciendo aviones de papel que no volaban
para pensarse alzándose por encima de ellos,
pero es que no es así como se vuela.

Se ponía de puntillas para estar a la altura de sus sueños,
tan simples y menudos,
pero es que aún los creía inalcanzables.

Se desataba los cordones para salir corriendo
por eso de que "de los tropiezos se aprende",
pero es que todavía no sabía de las piedras del camino,
ni de la magnitud de los abismos.

Se ahogaba en océanos que cabían en un vaso de agua,
se pinchaba con la aguja de un pajar
y nunca hallaba ningún pájaro en su mano.

Deambulaba absorta entre sus lágrimas,
como si la soledad fuera buena compañera
en los días en que su cielo se tornaba gris.

Su padre le enseñó a silbar para que contestaran los mirlos,
y creía verdaderamente en las hadas
sólo cuando algo le salía bien.

Gritaba contra el viento para aprender a tragarse sus palabras,
por si algún día le fuera necesario,
y censaba las risas en un diario cubierto de polvo,
ansiado de pólvora.

Prefería la sonrisa infernal
al llanto invernal,
y de día apartaba las nubes con los dedos,
esperando ver, si acaso,
una noche cualquiera,
su primera estrella fugaz.

También escribía cartas de amor,
pero sin llevar el norte de amuleto,
sin pararse previamente ante el espejo.
"Tanta tinta tonta" o inocente y sin fundamento.
Pues nadie se enamoraba de la chica torpe.
Nunca nadie encontró el momento.



martes, 24 de febrero de 2015

Reflejo.

No me mires así, tú no tienes la culpa – dices.
Las derrotas se nos caen ante los ojos
y tú, mientras, le refutas al viento
que cuántos árboles caídos,
qué cuántas noches en vela,
apagada y humeante.
Y tú, valiente y frágil, como tus sueños,
contra viento de todo norte
sigues creyendo en las despedidas
incluso más que en la magia de tu cielo.
Tú, alegre y despistada, como tus sueños,
alegas que la distancia
no es más que el paso hacia el abismo
de los besos que aún te faltan,
por aprender y por enseñar, pero
tú, vivaz y escarmentada, como tus sueños,
sabes muy bien que la vida no es una alfombra roja
y que no basta cerrar los ojos
para mantener la sonrisa a flote. Por eso
tú, realista y volátil, como tus sueños,
llenas tus bolsillos con las piedras del camino de los tuyos,
crías mariposas en tu estómago,
cultivas cuentos de amor en tu memoria
(para el futuro)
y alimentas tu mirada con el frío de todas tus mañanas de invierno
para conservar el calor que, a veces, te ofrecen.
Tú – dices –,
con tus sombras de ojeras
y tus lágrimas embotelladas,
algún día saldrás de ese espejo
y vendrás a salvarme,
como en mis sueños.

sábado, 21 de febrero de 2015

Memento

Con el esqueleto disuelto
de los andamios con que construiste un sueño,
con el molino intempestivo que daba sustento a tus caricias tempestades,
despeinando el tiempo
que pasaba,
como siempre,
atrofiando realidades.
Así empezó la historia de una triunfante derrota,
sin dejar de rendirse nuestros cuerpos
ante una niebla remota
que acechaba
allá a lo lejos.
Sin dejar de rendirse nuestros cuerpos:
el tuyo al mío, el mío al tuyo.
Sin dejar de ser:
tú aspaviento,                            ...yo murmullo.
Sin dejar que la niebla cubriera
por completo
nuestro idilio.
Sin dejar de llevarte en las letras
sin huecos
que destilo.

Aunque ahora no.

Ya no.

Tiende las horas,
muerde su mano,
arroja tus miedos.

Volveré cuando menos te lo esperes.


No te importe si es en sueños.



jueves, 5 de febrero de 2015

"Cuando falta melodía, desvarío"

Uno se siente tan triste cuando descubre un alma desgarrada...
Es prácticamente inefable.

Puede que en ese momento tus latidos sustituyan al tictac de todos los relojes que pueda haber alrededor.
Justo en ese instante.

¿Lo oís?
Es entonces cuando empieza la música...
Emana una suave melodía.
Como si inhalaras un excitante aroma en varios segundos.
Y al entrar en tus pulmones se adueñara de tu alma y fuera cubriendo tu corazón
poco a poco.
Entonces la melodía va sonando más fuerte, a medida que ese maldito aroma va apretando el delicado órgano a la velocidad que se deshincha un globo. Casi explotándolo.
Y entonces se agrega su sonido de acústica de una iglesia.
Los órganos.
Destruyéndose con cada tecla.

Desaparece el gospel.
Y suenan violines, violas, violonchelos y con trabajo se va tejiendo una sombra en el ambiente a distintas marchas. Como Wagner o Tchaikovski.

Y sigue apretando, asfixiando,
la melodía.
¿Lo veis?
Son las paredes llenándose de sangre.
El rojo veneno inundándolo todo.

Luego empiezan a sonar bombos en la cabeza.
A marearte todo el conjunto
en su completo desorden de aspavientos ordenados.

Y te ciega una especie de locura instrumental...

Comienzan a arderte los ojos unos gritos lejanos acompañados de unas arpas que suavizan el ritmo de la empatía.
Y todo fluye.
Hasta el último grito.

Ahora entran los saxos murmurando un jazz melancólico.
Y muy muy de fondo
dos láminas de un metalófono
imitando tus latidos.
Pero ya no ves, ni oyes, ni padeces.
Sólo sientes aquella cadente orquesta en tu cabeza.
Y piensas si será el amor...
O las drogas...

Optas por lo segundo.
Bajas el volumen.
Miras a los ojos a esa persona
y las lágrimas se pierden en los gritos que ya son silencio.

Te das cuenta de que apenas han pasado segundos desde que te dejó cruzar tu mirada por su charco de lodo sólo por la gracia de asomarte a un:
precipicio más,
precipicio menos,
hasta que logras esbozar una sonrisa torcida
y la otra persona te mira
como si hubiera palpado los gritos con aroma a sangre
de aquella demente orquesta.
Y entonces...
quizá acaricies su mejilla
o apoyes la mano en su hombro y suspires.
Y entonces...
recoge tus entrañas
y haz mutis por el foro
tras la reverencia del director.
Porque eso es todo
o, más bien, nada:

el final de la función.




martes, 3 de febrero de 2015

Entrada n°57: sueña mucho, antes de llegar a tus metas (y después)

Sé que en primer lugar debería hablar de mí,
pero es que nunca supe cómo hacerlo.

Sé que no sigo el camino recto, pero es que he aprendido a desaprender lo que me enseñaron como correcto, y a torcerme a mi manera, soñando camino y volando en sueños o, tal vez, tras ellos. Sin metas necesarias.
¿Que cuál es la diferencia?
Veréis... Para mí, un sueño es algo muy personal y volátil.
Pompas de jabón que vas persiguiendo y explotando de una en una, con mucho cariño y dedicación. Algunas más grandes, otras más pequeñas, a veces más lejanas, a ratos más alcanzables, y todas las que quieras imaginar en un futuro en el que nunca se vean ni demasiado grandes ni demasiado lejanas. Nunca demasiado.
Las metas, en cambio, sí. Las metas son algo más terrenal y ajeno.
Es aquello que debes hacer, algo más aceptado en general.
Y son, en general, pocas y, a ratos, inalcanzables.
El destino de un tren sin seguro por accidente y con posibles averías, un tren en el que te montas sin saber cuántos relojes gastarás y, a veces, incluso es lo que menos te preocupa. Porque, claro, llega un momento, en un viaje largo y aburrido, en el que ya no quieres ser consciente del tiempo.
Las metas frustran y envejecen.
Las metas son un fin, los sueños en cambio el medio, un motor.
Y sí, tengo un par de metas a las que debería llegar, fines que se convertirán en medios para (poder) vivir, pero también tengo mil sueños por los que vivir, sueños que me hacen avanzar con ilusión y que le dan sentido a mis sentidos y música a mi piel y poesía a mis días.
Los sueños me alimentan el alma y juegan a romper relojes si así me lo invento.

Y no, en primer lugar nunca supe cómo hacerme,
pero sabía que debía hablarlo
y creo que por eso escribo.

viernes, 23 de enero de 2015

Vianda o carroña: Sírvase.

De tu rabia, rubia,
de tu rudo ego,
de todas las sombras por que sientes miedo,
de tu anticuada sensualidad,
de tu burda necesidad de saltarte un escalón
                                                                        por dejarme por detrás,
de lo absurdo de seguirme
                                            con los ojos cuando río,
de tus gritos de socorro,
de tu falta de suspiros,
de tu ansia de retorno a la inocencia,
de tus ganas de saciarte de ser lluvia,
de tus carencias,
de tus penurias,
pero, sobre todo, de las nimias reliquias
                                                                 por las que te rebajas a envidiarme,
de todo esto, rubia, se alimentan mis heridas

                                                                         para sanarse.

miércoles, 21 de enero de 2015

Ya no escribo.

Será falta de noción o,
tal vez, de inspiración, pero
no escribo.

Ya no escribo.

Se me llevan los demonios y no escribo.
Se me aturden los oídos y no escribo.
Me chirría la punta del bolígrafo en un alma escarchada y no.
No escribo.
Me envenenan el aire que respiro y...
no me inspiro.

Será que se ha condensado la tinta hasta fingirse cemento entre mis dedos
o será, tal vez, aún líquido concentrado en mis lacrimales,
o la savia que no mana de mis glándulas salivales.
La que alimenta mi destreza cuando... ¿escribo?
Un momento, ¡empiezo de nuevo!

Será falta de noción o,
tal vez, de inspiración, pero
no escribo.

Ya no escribo.

miércoles, 14 de enero de 2015

Carta a Nadie.

«Yo no sé lo que es el destino,
caminando fui lo que fui.
Allá dios, que será divino,
yo me muero como viví.»

El Necio, Silvio Rodríguez

Hola.
No, no voy a rezarte.
No vengo a pedirte nada
señor, señora, infante.
Tampoco vengo a culparte.
Sería una burda osadía
culpar de cualquier cosa a un alguien
que, para mí, es irrelevante.
Un don nadie.
Sin embargo, me atrevo a dirigirme
a ti, Nadie, en nombre de todos
los que, algún día, se apoyaron en tu hombro.
(Aunque ninguno habría estado de acuerdo con mis palabras,
supongo.)

Ey,
señor o señora, niño o niña,
hoy el mundo entero se ha convertido en una jodida secta
(junto con todo lo que se nos empezó a venir encima).
Aunque, según donde eche raíces,
crece de una u otra manera,
el resultado casi siempre es el mismo:
millones de muertes en tu nombre, genocidios, guerras.
Encontrarás tu símbolo en todas sus esquelas.

Ey,
señor o señora, niño o niña,
siempre sirves para justificar el mal
y para que lo bueno se te exija.
Siempre.
Ey,
no soy quien para juzgarte, Nadie.
Para juzgar a nadie, quiero decir.
Pero he de decir
que te perdió tu afán de protagonismo,
señora o señor, niña o niño.

Se ejerce tanta crueldad en tu nombre, Nadie.
Tanta maldad en hogares y calles y...
Y la gente sigue cubriendo todo
con toda tu palabra de nadie.
Todo: la vida,
los errores y tropiezos,
las bonanzas y alegrías,
lo que forjan al fracaso ellos e,
incluso,
el éxito fruto de su propio esmero.

Y de todo te dan gracias,
para todo te ruegan,
por todo te piden perdón.
Te buscan, te requieren,
como causa y solución.
A ti;
todo y, finalmente, nada:
la muerte.


Señor, señora, infante,
todos necesitaban saber que todo era eterno.
Nadie le encontraba sentido al fin
si no estabas tú, Nadie, ahí,
para dar otro comienzo a todo, de nuevo.
(La vida después de la vida.)
Un nadie construyendo todo de la nada.
Como al principio de los tiempos.
Y todos lo creían.
¡Todos!
Porque nadie le encontraba sentido al principio
si no estabas tú, Nadie, ahí,
para dar el poder a todos de destruir tu todo.

Eso es.
Tanto valoraban tu creación
que todos utilizaron tu poder para destruirlo todo,
Nadie.
Todo.
Por eso yo te destruí a ti, Nadie,
para construir mi nuevo mundo ajeno a todo aquello.
Y ser, así, por fin, dueña de mí misma.
Ser mi nadie y ser mi todo,
con todo mi ser, nadie.
Por los siglos de los siglos,
todo.


Oh, nena.

No, nena,
se podría ser más guapa por fuera,
¿pero se puede ser más bonita por dentro?
A pesar de todo, siempre lo intentas.

Qué va,
tú nunca serás como ellas.
El mundo sigue avanzando y tú siempre te quedas.
Por aquí.
A por algo más.

Sigues creciendo y a los párpados les cuesta más levantarse.
Sobre todo las tardes de resaca,
las noches de alcohol.
Y sí, nena, podría haber sido diferente,
pero tú nunca serás como esa gente.

Tú,
que nunca sabes lo que callas cuando dejas de pensar,
que sabes bien de lo que hablas cuando no quieres callar,
que ya no sabes qué pensar cuando dejas de reír.


que aprendiste a volar sin necesidad de un asfalto de referencia,
sin compararte con ningún ser alado,
tú que tienes fuego en los ojos
y a ti misma en la mirada,
y en los puños, y en las bragas,
dando un paso hacia adelante
pero siempre con más ganas.
Ganes o pierdas.

Tú, nena, nunca serás como ellos,
porque nunca quisiste serlo.

martes, 6 de enero de 2015

Tú bien vales más que mil poemas.



Por más que amases la arena de las dunas de mis desiertos,
no evitarás así que se agote el tiempo
ni que vaya más deprisa.
Aunque hace ya unos cuántos días
que las horas que traemos
son motivo de sonrisa.
Y sí,
hace ya unos años que se pasó de moda eso de deshojar margaritas.
Así que para qué preguntar si me quieres
pudiéndolo escribir en nuestra espalda
con los dedos recientes de orgasmos.
Para qué si ambos lo sabemos
cada vez que se buscan nuestras manos.


(para qué decirte lo que quiero si te veo
si ya sabemos lo que buscan nuestras manos)


después de desnudarnos
de vergüenza y dudas
y dejar a nuestros cuerpos
saciarse de lujuria y gula,

(y para qué dar las buenas noches
si ya las has tenido)

y con los labios empapados de placer
quedarnos dormidos
hasta que, antes de que llegue el siguiente atardecer,
se entrelacen tus ojos con los míos y

(pues no, tampoco
para qué dar los buenos días
cuando ya estoy encima de ti)

y vuelvas tú a morderme y te abrace hasta asfixiarte.

(y por qué dejar de besarte
si así soy feliz,
despeinándote a gemidos)

Y qué mejor que ver-
te despertar con mis latidos
y saber
que no hay por qué deshojar
ni margaritas ni libros
para querer o no querer,
que no hay por qué mentir o rogar
para evitar problemas
y que para follar
no son imprescindibles los poemas.