No buscando nada
me he encontrado a mí
pretendiendo no querer más allá,
más allá de lo que nunca me permitieron querer.
Vaya cosa.
Yo que siempre creí en el amor
y desconfié del miedo.
Verme a mí cambiando sus papeles,
intercambiando sus notas de corazones y calaveras,
celestina de música.
Yo
que era la enamorada del amor por excelencia
me veo cerrando los ojos
ante el fortuito choque inminente que vendrá.
Yo que disfrutaba de la adrenalina del "sin frenos y a toda vela",
yo que nunca le puse barreras al fracaso, a la derrota,
que nunca le puse reparo a los tropiezos,
que nunca creí en "nuncas"
ni en "para siempres",
pero tampoco en infinitos,
me estoy pidiendo, rogando, implorando,
me suplico valorar la caída de esta nube,
tasar: las notas de polvo
las lágrimas acompasadas en un 3/4
los recuerdos sostenidos
las sonrisas bemoles
los silencios de piel, de aroma, de tacto
los acordes de L'A, DO, RE,
la clave de SOL
la clave de FA
y un SI.
Dame un SÍ, y otro SÍ, y otro.
Un SI que suene a infinito
o tan sólo
un TÚ que no suene sin MÍ.
Pido, ruego, imploro, suplico
(ya sabes que soy un desastre)
no olvidarme de dejarte
el ala delta, la liana y una línea adicional del pentagrama
si es que voy a caer,
redonda y desafinada,
en el calderón indomable del olvido.
jueves, 26 de marzo de 2015
Cuando no miras el reloj.
Aún no te has dado cuenta de
que cuando no miras el reloj
los minutos pasan como a ti te plazca,
que cuando no miras el reloj
tus ojeras descansan,
que cuando no miras el reloj
tus suspiros se acompasan con el eco de tu voz,
las palabras se aclaran
y tus labios toman el control
besando todas tus mañanas.
Cuando no miras el reloj
la brisa llega acariciando tu cara,
revolotea entre tus canas
y desnuda tu mirada
endulzando el dolor que mascas
y escupes
en las aceras de tu rabia.
Cuando no miras el reloj
el mar, que estaba en calma,
te mece hasta la risa de los días en que piensas que te falta,
y la luna, conmovida,
cambia sus cráteres por las lágrimas que adornaban tus mejillas,
que ahora lucen sonrojadas.
Cuando no miras el reloj
haces de tus días templos
donde guardas las riquezas que no perecen con el tiempo.
Cuando no miras el reloj
te descubro, risueña y coqueta,
buscándote entre los versos de un poeta
del que algún día fuiste musa.
Vuelves a ser ella
lunes, 23 de marzo de 2015
Ellos eran los artistas.
Ellos eran los artistas,
los que apenas atendían en clase,
soñaban todo el rato
y aprobaban, si acaso,
para cerrarle la boca a "esa maldita profe".
(Esa que nunca quiso serlo.)
Ellos eran los artistas,
los que movían la cabeza al son de la música
y no al tun-tún de todos los demás,
los que no sólo ilustraban las últimas páginas de sus cuadernos,
sino todas y cada una de ellas...
y las mesas, las paredes,
zapatillas y pizarras,
(Cualquier trozo de papel se quedaba corto.)
Ellos eran los artistas,
los que no temían a casi nada
y dudaban de casi todo,
observando cada gesto
junto a las miles de posibilidades
a las que podría preceder éste.
(Miles de historias en un sólo movimiento.)
Ellos eran los artistas,
tantas veces olvidados, relegados,
imperceptibles e, incluso, ignorados.
Y, otras tantas, solitarios por capricho.
Tal vez la soledad siempre fue la mejor musa.
La realidad, la mayor enemiga.
De ellos, los artistas.
Presos de lo imposible,
pensándose hoguera y lluvia
pensándose herida,
pensándose cuadro y melodía,
pensándose beso,
pensándose obra y vuelo,
pensándose libro.
En fin,
pensándose libres.
Hasta que la soledad se torna simpleza
y la realidad abruma
desdibujando sus sueños de pupitre.
Y terminan cada día en su sillón
pensándose felices.
los que apenas atendían en clase,
soñaban todo el rato
y aprobaban, si acaso,
para cerrarle la boca a "esa maldita profe".
(Esa que nunca quiso serlo.)
Ellos eran los artistas,
los que movían la cabeza al son de la música
y no al tun-tún de todos los demás,
los que no sólo ilustraban las últimas páginas de sus cuadernos,
sino todas y cada una de ellas...
y las mesas, las paredes,
zapatillas y pizarras,
(Cualquier trozo de papel se quedaba corto.)
Ellos eran los artistas,
los que no temían a casi nada
y dudaban de casi todo,
observando cada gesto
junto a las miles de posibilidades
a las que podría preceder éste.
(Miles de historias en un sólo movimiento.)
Ellos eran los artistas,
tantas veces olvidados, relegados,
imperceptibles e, incluso, ignorados.
Y, otras tantas, solitarios por capricho.
Tal vez la soledad siempre fue la mejor musa.
La realidad, la mayor enemiga.
De ellos, los artistas.
Presos de lo imposible,
pensándose hoguera y lluvia
pensándose herida,
pensándose cuadro y melodía,
pensándose beso,
pensándose obra y vuelo,
pensándose libro.
En fin,
pensándose libres.
Hasta que la soledad se torna simpleza
y la realidad abruma
desdibujando sus sueños de pupitre.
Y terminan cada día en su sillón
pensándose felices.
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