No me mires así, tú no tienes la
culpa – dices.
Las derrotas se nos caen ante los ojos
y tú, mientras, le refutas al
viento
que cuántos árboles caídos,
qué cuántas noches en vela,
apagada y humeante.
Y tú, valiente y frágil, como
tus sueños,
contra viento de todo norte
sigues creyendo en las
despedidas
incluso más que en la magia de
tu cielo.
Tú, alegre y despistada, como
tus sueños,
alegas que la distancia
no es más que el paso hacia el
abismo
de los besos que aún te faltan,
por aprender y por enseñar, pero
tú, vivaz y escarmentada, como
tus sueños,
sabes muy bien que la vida no es
una alfombra roja
y que no basta cerrar los ojos
para mantener la sonrisa a
flote. Por eso
tú, realista y volátil, como tus
sueños,
llenas tus bolsillos con las piedras
del camino de los tuyos,
crías mariposas en tu estómago,
cultivas cuentos de amor en tu
memoria
(para el futuro)
y alimentas tu mirada con el
frío de todas tus mañanas de invierno
para conservar el calor que, a
veces, te ofrecen.
Tú – dices –,
con tus sombras de ojeras
y tus lágrimas embotelladas,
algún día saldrás de ese espejo
y vendrás a salvarme,
como en mis sueños.
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