Era la soledad más plena que me podía llevar a los labios,
que podía mecer entre mis dedos,
estas lágrimas envasadas al vacío,
este 'no dormir' lleno de culpa,
este sonreír lejano de besos,
este 'no soñar' nervioso,
quizá por el café,
quizá por tantas noches pensando en qué hacer con los días que pasan,
de mañana en mañana,
y ayer
que era hoy
y ya es mañana
y pasa la vida, los días,
y así es como pasan los días:
lamiendo la sal de pieles impropias cuando baja la marea y las lágrimas ya no asoman
(aun cuando te estás muriendo de sed),
acariciando las palabras sentidas,
los andares tímidos,
las sonrisas crispadas,
desconfiando de miradas ajenas cuando eres tú quien se refleja en sus pupilas.
Todos somos iguales y tan diferentes,
que no solemos apreciar
las diferentes similitudes
que nos acercan o alejan
de los días que pasan.
Pero así es como pasan los días,
como se curan los insomnios: queriendo.
Queriendo lágrimas,
besando lágrimas,
limando la sal de unos ojos que,
de haber sido los tuyos,
ya se habría convertido en piedra.
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