Tocaba mi cuerpo
con la delicadeza con la que aún toca su guitarra.
Siempre había música.
Siempre había ritmo.
Los latidos marcaban el compás
de la melodía que creaban nuestros cuerpos,
llameantes de ganas de volver a escuchar
la increíble composición musical
que surgía de su fusión chispeante.
Cada vez eran notas diferentes,
pero la inspiración era siempre la misma:
tú y yo.
Me miraba
y se hacía un apacible silencio.
Pero los latidos seguían marcando el compás.
Me miraba
y todo se desvanecía como al final de una canción,
sin final.
Disminuyendo el volumen hasta ese hermoso silencio
que pocos saben apreciar.
Sus manos eran tan libres como él.
Sus manos me acariciaban
como descubriendo un instrumento nuevo
aunque me hubiera tocado millones de veces.
Sus manos me hacían descubrir la libertad.
Sonaba la música
y de verdad que tocaba música con mi cuerpo.
Me encantaba la sensación de sentirme...
escuchada por todos sus sentidos,
de ser la pieza principal de sus melodías.
Yo le escribía versos...
le arropaba,
le protegía,
le daba cariño,
le hacía sentir bien.
A veces
pienso que nunca necesitó todo eso
tanto como yo.
No tanto.
A veces
pienso que mi cuerpo ya no emite música
si no me toca él.
A veces
siento que fui yo
que desafiné
en algún crescendo de nuestra gran obra.
A veces
recuerdo que aún no le dejo de querer.
A veces miento,
como cuando digo
que le escribía versos...
pues aún lo hago.
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