miércoles, 26 de noviembre de 2014
De algún pozo terrenal, que es la vida.
Abres los ojos.
Ves una línea recta horizontal cristalina.
Parpadeante, vibrante, tenuemente formada.
Ves cómo, lentamente,
va formándose una estalactita temblorosa
que culmina en un globo transparente
inflándose
e inflándose
(a punto de reventar)
que distorsiona el reflejo de tu atenta mirada.
Y cae la gota.
Ha pasado un segundo.
Pero cae la gota,
veloz.
Arrojada al vacío lúgubre sin fondo de un pozo seco.
Y esa gota es la última lágrima de mi sollozo al nacer.
Cae la gota:
yo aún vivo.
Y ahora vuelve el secundero a ponerse en marcha.
Es verano,
pero comienzo ya a pisar las hojas del otoño y veo
a mi alrededor
estupefacta
por primera vez
miles de cúmulos de esas gotas:
charcos.
Y humedezco mis pies descalzos para sentir el frío en estación líquida.
La gota sigue cayendo
aun habiéndose arrancado ya
muchas hojas del calendario.
Suenan
los primeros disparos
de una guerra fría...
justo cuando más necesitaba calor.
Y empezaron a caer las hojas del otoño
sobre campos recientemente florecidos.
Nunca tuve claro en qué estación me encontraba,
sólo buscaba el estado sólido
mientras.
La gota seguía cayendo.
El pozo aún seco.
Pero esta vez me percaté
aunque a destiempo
del cambio de estación.
Y comencé a ver pasear mis sombras junto a árboles poblados de grandes y verdes hojas.
Sin embargo,
con la mirada al frente
sólo ramas vacías.
Desnudas.
Solitarias.
Si acaso algo relucientes de escarcha.
Y entonces fue la primera vez que pensé que algo ocurría.
Y juro que una noche creí ver de reojo la gota cayendo.
Volvió el reloj a acelerar su paso,
como siempre,
arrasando todo.
Y entonces los árboles jadeaban deshaciéndose de sus más preciados enseres.
Corrían tiempos otoñales.
Sin embargo
alguna tarde llegó a parecerme verano.
Alguna noche me pareció ver más de 21 estrellas en Madrid
a pesar del cielo nublado.
Y entonces... lo supe.
O lo dudé más que nunca.
Comenzó a llover.
Miles de lágrimas a mi alrededor.
De repente.
Miles de charcos en el cielo.
Y al frente
miles de gotas más formándose en aquella línea horizontal cristalina.
Pero nunca caían.
Había dado el reloj el doble de vueltas que la tierra cada día
durante tantos años como estrellas había.
Incontables vueltas ya.
Pero las gotas no caían.
Sólo yo ante el pozo.
Y claro, vértigo.
Y yo
lágrima viva.
Sola ante un pozo seco
que sólo la muerte habría de llenar.
Porque el pozo sólo quedará lleno
cuando esa lágrima caiga
y nunca
nunca
rebasará
más allá del vértigo.
[La gota:
globo terráqueo cristalino
precipitándose al vacío
absorbido aún por la vida.
Esperando o no esperándose
fusionarse
lentamente
(en instante congelado, estalagmita)
contra el fondo
de un pozo
seco.
Ha pasado un segundo.
¿Y qué más podría saber yo de la muerte?]
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario