viernes, 13 de mayo de 2016
Amanece, que no es poco.
La mañana llega y nos descubrimos a las calles como la ciudad que habita bajo un hormiguero, acariciando la rutina entre bostezos, como queriendo domarla en nuestro camino arraigado al descontento. Rompiendo a paso vago y somnoliento la escarcha de las horas que nos faltan por dormir. Persiguiendo las horas que dejaste morir ante el teléfono. Agotas tu aliento y te agotas. Paras a respirar. Profunda polución. Y alzas un brazo al viento y montas, otro día más, en tu desidia. Hoy los ojos que ves tampoco te sonríen, tan sólo se estremecen ante un nuevo destino de raíles. El tiempo corre contigo en el camino y lo matas leyendo, escuchando, escribiendo... Los pensamientos vuelan contigo en unas escaleras mecánicas... y los matas con tus prisas. Las horas se sublevan con agujas inmóviles que hilvanan estas cuatro paredes. Huye. Aún estás a tiempo de cortar los hilos que te cosen al desánimo y ser libre.
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