viernes, 23 de enero de 2015

Vianda o carroña: Sírvase.

De tu rabia, rubia,
de tu rudo ego,
de todas las sombras por que sientes miedo,
de tu anticuada sensualidad,
de tu burda necesidad de saltarte un escalón
                                                                        por dejarme por detrás,
de lo absurdo de seguirme
                                            con los ojos cuando río,
de tus gritos de socorro,
de tu falta de suspiros,
de tu ansia de retorno a la inocencia,
de tus ganas de saciarte de ser lluvia,
de tus carencias,
de tus penurias,
pero, sobre todo, de las nimias reliquias
                                                                 por las que te rebajas a envidiarme,
de todo esto, rubia, se alimentan mis heridas

                                                                         para sanarse.

miércoles, 21 de enero de 2015

Ya no escribo.

Será falta de noción o,
tal vez, de inspiración, pero
no escribo.

Ya no escribo.

Se me llevan los demonios y no escribo.
Se me aturden los oídos y no escribo.
Me chirría la punta del bolígrafo en un alma escarchada y no.
No escribo.
Me envenenan el aire que respiro y...
no me inspiro.

Será que se ha condensado la tinta hasta fingirse cemento entre mis dedos
o será, tal vez, aún líquido concentrado en mis lacrimales,
o la savia que no mana de mis glándulas salivales.
La que alimenta mi destreza cuando... ¿escribo?
Un momento, ¡empiezo de nuevo!

Será falta de noción o,
tal vez, de inspiración, pero
no escribo.

Ya no escribo.

miércoles, 14 de enero de 2015

Carta a Nadie.

«Yo no sé lo que es el destino,
caminando fui lo que fui.
Allá dios, que será divino,
yo me muero como viví.»

El Necio, Silvio Rodríguez

Hola.
No, no voy a rezarte.
No vengo a pedirte nada
señor, señora, infante.
Tampoco vengo a culparte.
Sería una burda osadía
culpar de cualquier cosa a un alguien
que, para mí, es irrelevante.
Un don nadie.
Sin embargo, me atrevo a dirigirme
a ti, Nadie, en nombre de todos
los que, algún día, se apoyaron en tu hombro.
(Aunque ninguno habría estado de acuerdo con mis palabras,
supongo.)

Ey,
señor o señora, niño o niña,
hoy el mundo entero se ha convertido en una jodida secta
(junto con todo lo que se nos empezó a venir encima).
Aunque, según donde eche raíces,
crece de una u otra manera,
el resultado casi siempre es el mismo:
millones de muertes en tu nombre, genocidios, guerras.
Encontrarás tu símbolo en todas sus esquelas.

Ey,
señor o señora, niño o niña,
siempre sirves para justificar el mal
y para que lo bueno se te exija.
Siempre.
Ey,
no soy quien para juzgarte, Nadie.
Para juzgar a nadie, quiero decir.
Pero he de decir
que te perdió tu afán de protagonismo,
señora o señor, niña o niño.

Se ejerce tanta crueldad en tu nombre, Nadie.
Tanta maldad en hogares y calles y...
Y la gente sigue cubriendo todo
con toda tu palabra de nadie.
Todo: la vida,
los errores y tropiezos,
las bonanzas y alegrías,
lo que forjan al fracaso ellos e,
incluso,
el éxito fruto de su propio esmero.

Y de todo te dan gracias,
para todo te ruegan,
por todo te piden perdón.
Te buscan, te requieren,
como causa y solución.
A ti;
todo y, finalmente, nada:
la muerte.


Señor, señora, infante,
todos necesitaban saber que todo era eterno.
Nadie le encontraba sentido al fin
si no estabas tú, Nadie, ahí,
para dar otro comienzo a todo, de nuevo.
(La vida después de la vida.)
Un nadie construyendo todo de la nada.
Como al principio de los tiempos.
Y todos lo creían.
¡Todos!
Porque nadie le encontraba sentido al principio
si no estabas tú, Nadie, ahí,
para dar el poder a todos de destruir tu todo.

Eso es.
Tanto valoraban tu creación
que todos utilizaron tu poder para destruirlo todo,
Nadie.
Todo.
Por eso yo te destruí a ti, Nadie,
para construir mi nuevo mundo ajeno a todo aquello.
Y ser, así, por fin, dueña de mí misma.
Ser mi nadie y ser mi todo,
con todo mi ser, nadie.
Por los siglos de los siglos,
todo.


Oh, nena.

No, nena,
se podría ser más guapa por fuera,
¿pero se puede ser más bonita por dentro?
A pesar de todo, siempre lo intentas.

Qué va,
tú nunca serás como ellas.
El mundo sigue avanzando y tú siempre te quedas.
Por aquí.
A por algo más.

Sigues creciendo y a los párpados les cuesta más levantarse.
Sobre todo las tardes de resaca,
las noches de alcohol.
Y sí, nena, podría haber sido diferente,
pero tú nunca serás como esa gente.

Tú,
que nunca sabes lo que callas cuando dejas de pensar,
que sabes bien de lo que hablas cuando no quieres callar,
que ya no sabes qué pensar cuando dejas de reír.


que aprendiste a volar sin necesidad de un asfalto de referencia,
sin compararte con ningún ser alado,
tú que tienes fuego en los ojos
y a ti misma en la mirada,
y en los puños, y en las bragas,
dando un paso hacia adelante
pero siempre con más ganas.
Ganes o pierdas.

Tú, nena, nunca serás como ellos,
porque nunca quisiste serlo.

martes, 6 de enero de 2015

Tú bien vales más que mil poemas.



Por más que amases la arena de las dunas de mis desiertos,
no evitarás así que se agote el tiempo
ni que vaya más deprisa.
Aunque hace ya unos cuántos días
que las horas que traemos
son motivo de sonrisa.
Y sí,
hace ya unos años que se pasó de moda eso de deshojar margaritas.
Así que para qué preguntar si me quieres
pudiéndolo escribir en nuestra espalda
con los dedos recientes de orgasmos.
Para qué si ambos lo sabemos
cada vez que se buscan nuestras manos.


(para qué decirte lo que quiero si te veo
si ya sabemos lo que buscan nuestras manos)


después de desnudarnos
de vergüenza y dudas
y dejar a nuestros cuerpos
saciarse de lujuria y gula,

(y para qué dar las buenas noches
si ya las has tenido)

y con los labios empapados de placer
quedarnos dormidos
hasta que, antes de que llegue el siguiente atardecer,
se entrelacen tus ojos con los míos y

(pues no, tampoco
para qué dar los buenos días
cuando ya estoy encima de ti)

y vuelvas tú a morderme y te abrace hasta asfixiarte.

(y por qué dejar de besarte
si así soy feliz,
despeinándote a gemidos)

Y qué mejor que ver-
te despertar con mis latidos
y saber
que no hay por qué deshojar
ni margaritas ni libros
para querer o no querer,
que no hay por qué mentir o rogar
para evitar problemas
y que para follar
no son imprescindibles los poemas.