sábado, 25 de abril de 2015

Los días que pasan.

Era la soledad más plena que me podía llevar a los labios,
que podía mecer entre mis dedos,
estas lágrimas envasadas al vacío,
este 'no dormir' lleno de culpa,
este sonreír lejano de besos,
este 'no soñar' nervioso,
                                        quizá por el café,
quizá por tantas noches pensando en qué hacer con los días que pasan,
de mañana en mañana,
y ayer
            que era hoy
                                 y ya es mañana
y pasa la vida, los días,
y así es como pasan los días:
lamiendo la sal de pieles impropias cuando baja la marea y las lágrimas ya no asoman
(aun cuando te estás muriendo de sed),
acariciando las palabras sentidas,
                                                       los andares tímidos,
                                                                                        las sonrisas crispadas,
desconfiando de miradas ajenas cuando eres tú quien se refleja en sus pupilas.

Todos somos iguales y tan diferentes,
que no solemos apreciar
las diferentes similitudes
que nos acercan o alejan
de los días que pasan.

Pero así es como pasan los días,
como se curan los insomnios: queriendo.

Queriendo lágrimas,
besando lágrimas,
limando la sal de unos ojos que,
de haber sido los tuyos,
ya se habría convertido en piedra.

viernes, 24 de abril de 2015

Verterse de miedo.

Deambulo entre la miseria del miedo,
reconozco
                   el miedo al miedo
                                                 mucho antes de sentirlo:
miedo muerte.



Vacío.



                                         Vértigo.



Verterse
               en el titubeo de una lengua ahogada en su propia saliva,
               en la piel temblorosa de unos párpados que no se rinden ante el llanto,
               en los resquicios absurdamente llenos de oxígeno de unos pulmones encharcados...


Enjugarse después en una luna de trapo que, menguando, te mira y sonríe.

Me sonríe. Me mira.
                                   (Ya es de noche.)
Pero yo ya no soy yo.
Ahora soy miedo.
                                   (Tiembla.)
No
estoy
viviendo.

viernes, 10 de abril de 2015

Por si me muero.

No me gustaría,
en el momento en que muera,
darme cuenta de que estoy muriendo.



Así que,
por favor,
el día que vean el puñal en mi espalda
no lo digan ni se asusten.

Esperen a que mi cuerpo, exhausto de vida,
repose boca arriba,
dejando al acero penetrar los recuerdos inconfesables,
los pensamientos pendientes, ya fugaces,
los vicios que ya no viviré
 y aquello que en mi inconsciente quedaba recóndito
quizá por algún trauma de la niñez.



Si me ven la soga al cuello,
no se alarmen ni armen bulla.

Dejen
que, mientras la sangre en el pescuezo se me coagula,
los ojos se me salgan de las órbitas,
echando la vista hacia otro lado
que no sea ya el futuro.
Que el intelecto que pude poseer
se desvanezca como la tiza en una pizarra borrada,
dejando apenas una ligera polvareda
de lo que pude haber sido.
Y, si algún día tuve la destreza del canto,
retumbe mi último latido
para emitir un suspiro de calma a todos mis seres queridos
y les suene a la melodía que,
ya asfixiada en mi garganta,
una vez me dio la vida.



Si me ven al borde del precipicio,
asomada, inclinada hacia el abismo,
y me ven caer
                        caer
                         CAER
                                                          hacia el vacío

no griten
ni pretendan detenerme.

Será, acaso, que intenté volar
con demasiada mierda en los bolsillos,
o que dejé, tal vez, que me dieran aquel empujoncito.

Exacto,
sí.

Dejen entonces que el viento
                                                  manipule mis gestos a su antojo.
Dejen que me vacíe
                                  de miedo y de culpa,
de todo lo que me hizo terrenal en este mundo:
                                                                              la carne.
Dejen que el placer del que gozó mi cuerpo
                                                                        se evapore
                                                                                            por cada poro de mi piel
y que se quede impregnado en el ambiente
          contaminando de mí el aire que aspiren
                   todos los que alguna vez creyeron poseerme.
Poseer algo que no era de nadie, sino del aire:
                                                                           un cuerpo.
Dejen que toda mi sangre se derrame en tinta
                                   en la gravedad de este hundimiento
y, por último, dejen
                                  que por fin
                                                      me haga volátil.



Si me ven, en cambio, llena de vida,
colgada de horizontes lejanos e infinitos,
hambrientos de nuevas pisadas o,
quién sabe,
oculta en rincones de barro y savia,
impregnándome de natura,
o en parajes repletos de salvajes relatos de ciencia ficción...

por favor,
                 ¡por favor!

no me hablen de la muerte.

miércoles, 8 de abril de 2015

Tomo las riendas: cabalgo.

Me veo,
a las duras,
en el reflejo de los ojos
que me condenan al destierro
de los versos que aún no he escrito,
como un jinete perdiendo los estribos
de la pluma que cabalgo por momentos,
y la niña que al estanque,
según Lorca, se le ha muerto
se abraza sollozando a una luna
húmeda y turbia
que, en lugar de alumbrarme en la penumbra,
me enmudece y me abruma.
Mis lágrimas, mustias,
colisionan contra un vacío que añoro,
aunque todavía no se vaya.
Un vacío que se ensancha
con cada bocanada de aire previa al suspiro.
Los suspiros previos a las flechas que me lanzan,
que no me alcanzan.

Vuelvo a tomar las riendas.
Cabalgo.

"Ojalá acierten" pienso,
mientras tenso mi arco.

"A ellos..."
Apunto.

"...les pesará mucho más."
Disparo.



martes, 7 de abril de 2015

Despacio...

"Sueño
sin fin
ni tregua 
alguna" 
-Samuel Becket-        



La gente, o avanza muy deprisa a mi alrededor, o se queda estancada. Y yo voy como volando despacio.
Pero ya no lloro, como antes, esos cinco minutos al día en que le daba una tregua a mi sonrisa de muñeca de trapo.
Nunca se me notaron los coloretes, pero a día de hoy vivo sonrojada, casi feliz. Aunque mis lágrimas ya no se ahoguen tinta sobre el papel.
A veces lo echo de menos. Es como un dulce y tentador masoquismo. Pero la mayor parte del tiempo sonrío, bailo y canto. Y lo miro, observo, admiro. Y cuando lo miro mi alma extiende sus alas creyéndose libre. ¡Como si acaso no lo fuera!

"Sueño
sin fin
ni tregua
alguna"

No me canso de leerlo.
De repetirlo.

"Rêve
sans fin
ni trêve
à rien"

Aprieto el boli: YO NUNCA ABANDONARÉ MIS SUEÑOS.

Ergo, sigamos volando:
                                Despacio...
                                  Despacio...
                                    Despacio...
                                      Despacio...
                                        Despacio...
                                          Despacio...