Seguía haciendo aviones de papel que no volaban
para pensarse alzándose por encima de ellos,
pero es que no es así como se vuela.
Se ponía de puntillas para estar a la altura de sus sueños,
tan simples y menudos,
pero es que aún los creía inalcanzables.
Se desataba los cordones para salir corriendo
por eso de que "de los tropiezos se aprende",
pero es que todavía no sabía de las piedras del camino,
ni de la magnitud de los abismos.
Se ahogaba en océanos que cabían en un vaso de agua,
se pinchaba con la aguja de un pajar
y nunca hallaba ningún pájaro en su mano.
Deambulaba absorta entre sus lágrimas,
como si la soledad fuera buena compañera
en los días en que su cielo se tornaba gris.
Su padre le enseñó a silbar para que contestaran los mirlos,
y creía verdaderamente en las hadas
sólo cuando algo le salía bien.
Gritaba contra el viento para aprender a tragarse sus palabras,
por si algún día le fuera necesario,
y censaba las risas en un diario cubierto de polvo,
ansiado de pólvora.
Prefería la sonrisa infernal
al llanto invernal,
y de día apartaba las nubes con los dedos,
esperando ver, si acaso,
una noche cualquiera,
su primera estrella fugaz.
También escribía cartas de amor,
pero sin llevar el norte de amuleto,
sin pararse previamente ante el espejo.
"Tanta tinta tonta" o inocente y sin fundamento.
Pues nadie se enamoraba de la chica torpe.
Nunca nadie encontró el momento.
miércoles, 25 de febrero de 2015
martes, 24 de febrero de 2015
Reflejo.
No me mires así, tú no tienes la
culpa – dices.
Las derrotas se nos caen ante los ojos
y tú, mientras, le refutas al
viento
que cuántos árboles caídos,
qué cuántas noches en vela,
apagada y humeante.
Y tú, valiente y frágil, como
tus sueños,
contra viento de todo norte
sigues creyendo en las
despedidas
incluso más que en la magia de
tu cielo.
Tú, alegre y despistada, como
tus sueños,
alegas que la distancia
no es más que el paso hacia el
abismo
de los besos que aún te faltan,
por aprender y por enseñar, pero
tú, vivaz y escarmentada, como
tus sueños,
sabes muy bien que la vida no es
una alfombra roja
y que no basta cerrar los ojos
para mantener la sonrisa a
flote. Por eso
tú, realista y volátil, como tus
sueños,
llenas tus bolsillos con las piedras
del camino de los tuyos,
crías mariposas en tu estómago,
cultivas cuentos de amor en tu
memoria
(para el futuro)
y alimentas tu mirada con el
frío de todas tus mañanas de invierno
para conservar el calor que, a
veces, te ofrecen.
Tú – dices –,
con tus sombras de ojeras
y tus lágrimas embotelladas,
algún día saldrás de ese espejo
y vendrás a salvarme,
como en mis sueños.sábado, 21 de febrero de 2015
Memento
Con el esqueleto disuelto
de los andamios con que construiste un sueño,
con el molino intempestivo que daba sustento a tus caricias tempestades,
despeinando el tiempo
que pasaba,
como siempre,
atrofiando realidades.
Así empezó la historia de una triunfante derrota,
sin dejar de rendirse nuestros cuerpos
ante una niebla remota
que acechaba
allá a lo lejos.
Sin dejar de rendirse nuestros cuerpos:
el tuyo al mío, el mío al tuyo.
Sin dejar de ser:
tú aspaviento, ...yo murmullo.
Sin dejar que la niebla cubriera
por completo
nuestro idilio.
Sin dejar de llevarte en las letras
sin huecos
que destilo.
Aunque ahora no.
Ya no.
Tiende las horas,
muerde su mano,
arroja tus miedos.
Volveré cuando menos te lo esperes.
de los andamios con que construiste un sueño,
con el molino intempestivo que daba sustento a tus caricias tempestades,
despeinando el tiempo
que pasaba,
como siempre,
atrofiando realidades.
Así empezó la historia de una triunfante derrota,
sin dejar de rendirse nuestros cuerpos
ante una niebla remota
que acechaba
allá a lo lejos.
Sin dejar de rendirse nuestros cuerpos:
el tuyo al mío, el mío al tuyo.
Sin dejar de ser:
tú aspaviento, ...yo murmullo.
Sin dejar que la niebla cubriera
por completo
nuestro idilio.
Sin dejar de llevarte en las letras
sin huecos
que destilo.
Aunque ahora no.
Ya no.
Tiende las horas,
muerde su mano,
arroja tus miedos.
Volveré cuando menos te lo esperes.
No te importe si es en sueños.
jueves, 5 de febrero de 2015
"Cuando falta melodía, desvarío"
Uno se siente tan triste cuando descubre un alma desgarrada...
Es prácticamente inefable.
Puede que en ese momento tus latidos sustituyan al tictac de todos los relojes que pueda haber alrededor.
Justo en ese instante.
¿Lo oís?
Es entonces cuando empieza la música...
Emana una suave melodía.
Como si inhalaras un excitante aroma en varios segundos.
Y al entrar en tus pulmones se adueñara de tu alma y fuera cubriendo tu corazón
poco a poco.
Entonces la melodía va sonando más fuerte, a medida que ese maldito aroma va apretando el delicado órgano a la velocidad que se deshincha un globo. Casi explotándolo.
Y entonces se agrega su sonido de acústica de una iglesia.
Los órganos.
Destruyéndose con cada tecla.
Desaparece el gospel.
Y suenan violines, violas, violonchelos y con trabajo se va tejiendo una sombra en el ambiente a distintas marchas. Como Wagner o Tchaikovski.
Y sigue apretando, asfixiando,
la melodía.
¿Lo veis?
Son las paredes llenándose de sangre.
El rojo veneno inundándolo todo.
Luego empiezan a sonar bombos en la cabeza.
A marearte todo el conjunto
en su completo desorden de aspavientos ordenados.
Y te ciega una especie de locura instrumental...
Comienzan a arderte los ojos unos gritos lejanos acompañados de unas arpas que suavizan el ritmo de la empatía.
Y todo fluye.
Hasta el último grito.
Ahora entran los saxos murmurando un jazz melancólico.
Y muy muy de fondo
dos láminas de un metalófono
imitando tus latidos.
Pero ya no ves, ni oyes, ni padeces.
Sólo sientes aquella cadente orquesta en tu cabeza.
Y piensas si será el amor...
O las drogas...
Optas por lo segundo.
Bajas el volumen.
Miras a los ojos a esa persona
y las lágrimas se pierden en los gritos que ya son silencio.
Te das cuenta de que apenas han pasado segundos desde que te dejó cruzar tu mirada por su charco de lodo sólo por la gracia de asomarte a un:
precipicio más,
precipicio menos,
hasta que logras esbozar una sonrisa torcida
y la otra persona te mira
como si hubiera palpado los gritos con aroma a sangre
de aquella demente orquesta.
Y entonces...
quizá acaricies su mejilla
o apoyes la mano en su hombro y suspires.
Y entonces...
recoge tus entrañas
y haz mutis por el foro
tras la reverencia del director.
Porque eso es todo
o, más bien, nada:
el final de la función.
Es prácticamente inefable.
Puede que en ese momento tus latidos sustituyan al tictac de todos los relojes que pueda haber alrededor.
Justo en ese instante.
¿Lo oís?
Es entonces cuando empieza la música...
Emana una suave melodía.
Como si inhalaras un excitante aroma en varios segundos.
Y al entrar en tus pulmones se adueñara de tu alma y fuera cubriendo tu corazón
poco a poco.
Entonces la melodía va sonando más fuerte, a medida que ese maldito aroma va apretando el delicado órgano a la velocidad que se deshincha un globo. Casi explotándolo.
Y entonces se agrega su sonido de acústica de una iglesia.
Los órganos.
Destruyéndose con cada tecla.
Desaparece el gospel.
Y suenan violines, violas, violonchelos y con trabajo se va tejiendo una sombra en el ambiente a distintas marchas. Como Wagner o Tchaikovski.
Y sigue apretando, asfixiando,
la melodía.
¿Lo veis?
Son las paredes llenándose de sangre.
El rojo veneno inundándolo todo.
Luego empiezan a sonar bombos en la cabeza.
A marearte todo el conjunto
en su completo desorden de aspavientos ordenados.
Y te ciega una especie de locura instrumental...
Comienzan a arderte los ojos unos gritos lejanos acompañados de unas arpas que suavizan el ritmo de la empatía.
Y todo fluye.
Hasta el último grito.
Ahora entran los saxos murmurando un jazz melancólico.
Y muy muy de fondo
dos láminas de un metalófono
imitando tus latidos.
Pero ya no ves, ni oyes, ni padeces.
Sólo sientes aquella cadente orquesta en tu cabeza.
Y piensas si será el amor...
O las drogas...
Optas por lo segundo.
Bajas el volumen.
Miras a los ojos a esa persona
y las lágrimas se pierden en los gritos que ya son silencio.
Te das cuenta de que apenas han pasado segundos desde que te dejó cruzar tu mirada por su charco de lodo sólo por la gracia de asomarte a un:
precipicio más,
precipicio menos,
hasta que logras esbozar una sonrisa torcida
y la otra persona te mira
como si hubiera palpado los gritos con aroma a sangre
de aquella demente orquesta.
Y entonces...
quizá acaricies su mejilla
o apoyes la mano en su hombro y suspires.
Y entonces...
recoge tus entrañas
y haz mutis por el foro
tras la reverencia del director.
Porque eso es todo
o, más bien, nada:
el final de la función.
martes, 3 de febrero de 2015
Entrada n°57: sueña mucho, antes de llegar a tus metas (y después)
Sé que en primer lugar debería hablar de mí,
pero es que nunca supe cómo hacerlo.
pero es que nunca supe cómo hacerlo.
Sé que no sigo el camino recto, pero es que he aprendido a desaprender lo que me enseñaron como correcto, y a torcerme a mi manera, soñando camino y volando en sueños o, tal vez, tras ellos. Sin metas necesarias.
¿Que cuál es la diferencia?
Veréis... Para mí, un sueño es algo muy personal y volátil.
Pompas de jabón que vas persiguiendo y explotando de una en una, con mucho cariño y dedicación. Algunas más grandes, otras más pequeñas, a veces más lejanas, a ratos más alcanzables, y todas las que quieras imaginar en un futuro en el que nunca se vean ni demasiado grandes ni demasiado lejanas. Nunca demasiado.
Las metas, en cambio, sí. Las metas son algo más terrenal y ajeno.
Es aquello que debes hacer, algo más aceptado en general.
Y son, en general, pocas y, a ratos, inalcanzables.
El destino de un tren sin seguro por accidente y con posibles averías, un tren en el que te montas sin saber cuántos relojes gastarás y, a veces, incluso es lo que menos te preocupa. Porque, claro, llega un momento, en un viaje largo y aburrido, en el que ya no quieres ser consciente del tiempo.
Las metas frustran y envejecen.
Las metas son un fin, los sueños en cambio el medio, un motor.
Pompas de jabón que vas persiguiendo y explotando de una en una, con mucho cariño y dedicación. Algunas más grandes, otras más pequeñas, a veces más lejanas, a ratos más alcanzables, y todas las que quieras imaginar en un futuro en el que nunca se vean ni demasiado grandes ni demasiado lejanas. Nunca demasiado.
Las metas, en cambio, sí. Las metas son algo más terrenal y ajeno.
Es aquello que debes hacer, algo más aceptado en general.
Y son, en general, pocas y, a ratos, inalcanzables.
El destino de un tren sin seguro por accidente y con posibles averías, un tren en el que te montas sin saber cuántos relojes gastarás y, a veces, incluso es lo que menos te preocupa. Porque, claro, llega un momento, en un viaje largo y aburrido, en el que ya no quieres ser consciente del tiempo.
Las metas frustran y envejecen.
Las metas son un fin, los sueños en cambio el medio, un motor.
Y sí, tengo un par de metas a las que debería llegar, fines que se convertirán en medios para (poder) vivir, pero también tengo mil sueños por los que vivir, sueños que me hacen avanzar con ilusión y que le dan sentido a mis sentidos y música a mi piel y poesía a mis días.
Los sueños me alimentan el alma y juegan a romper relojes si así me lo invento.
Los sueños me alimentan el alma y juegan a romper relojes si así me lo invento.
Y no, en primer lugar nunca supe cómo hacerme,
pero sabía que debía hablarlo
y creo que por eso escribo.
pero sabía que debía hablarlo
y creo que por eso escribo.
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