lunes, 23 de marzo de 2015

Ellos eran los artistas.

Ellos eran los artistas,
los que apenas atendían en clase,
soñaban todo el rato
y aprobaban, si acaso,
para cerrarle la boca a "esa maldita profe".
(Esa que nunca quiso serlo.)

Ellos eran los artistas,
los que movían la cabeza al son de la música
y no al tun-tún de todos los demás,
los que no sólo ilustraban las últimas páginas de sus cuadernos,
sino todas y cada una de ellas...
y las mesas, las paredes,
zapatillas y pizarras,
(Cualquier trozo de papel se quedaba corto.)

Ellos eran los artistas,
los que no temían a casi nada
y dudaban de casi todo,
observando cada gesto
junto a las miles de posibilidades
a las que podría preceder éste.
(Miles de historias en un sólo movimiento.)

Ellos eran los artistas,
tantas veces olvidados, relegados,
imperceptibles e, incluso, ignorados.
Y, otras tantas, solitarios por capricho.

Tal vez la soledad siempre fue la mejor musa.
La realidad, la mayor enemiga.

De ellos, los artistas.

Presos de lo imposible,
pensándose hoguera y lluvia
pensándose herida,
pensándose cuadro y melodía,
pensándose beso,
pensándose obra y vuelo,
pensándose libro.

En fin,
pensándose libres.

Hasta que la soledad se torna simpleza
y la realidad abruma
desdibujando sus sueños de pupitre.
Y terminan cada día en su sillón
pensándose felices.




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