miércoles, 25 de febrero de 2015

Nadie se enamora de la chica torpe.

Seguía haciendo aviones de papel que no volaban
para pensarse alzándose por encima de ellos,
pero es que no es así como se vuela.

Se ponía de puntillas para estar a la altura de sus sueños,
tan simples y menudos,
pero es que aún los creía inalcanzables.

Se desataba los cordones para salir corriendo
por eso de que "de los tropiezos se aprende",
pero es que todavía no sabía de las piedras del camino,
ni de la magnitud de los abismos.

Se ahogaba en océanos que cabían en un vaso de agua,
se pinchaba con la aguja de un pajar
y nunca hallaba ningún pájaro en su mano.

Deambulaba absorta entre sus lágrimas,
como si la soledad fuera buena compañera
en los días en que su cielo se tornaba gris.

Su padre le enseñó a silbar para que contestaran los mirlos,
y creía verdaderamente en las hadas
sólo cuando algo le salía bien.

Gritaba contra el viento para aprender a tragarse sus palabras,
por si algún día le fuera necesario,
y censaba las risas en un diario cubierto de polvo,
ansiado de pólvora.

Prefería la sonrisa infernal
al llanto invernal,
y de día apartaba las nubes con los dedos,
esperando ver, si acaso,
una noche cualquiera,
su primera estrella fugaz.

También escribía cartas de amor,
pero sin llevar el norte de amuleto,
sin pararse previamente ante el espejo.
"Tanta tinta tonta" o inocente y sin fundamento.
Pues nadie se enamoraba de la chica torpe.
Nunca nadie encontró el momento.



2 comentarios: