martes, 3 de febrero de 2015

Entrada n°57: sueña mucho, antes de llegar a tus metas (y después)

Sé que en primer lugar debería hablar de mí,
pero es que nunca supe cómo hacerlo.

Sé que no sigo el camino recto, pero es que he aprendido a desaprender lo que me enseñaron como correcto, y a torcerme a mi manera, soñando camino y volando en sueños o, tal vez, tras ellos. Sin metas necesarias.
¿Que cuál es la diferencia?
Veréis... Para mí, un sueño es algo muy personal y volátil.
Pompas de jabón que vas persiguiendo y explotando de una en una, con mucho cariño y dedicación. Algunas más grandes, otras más pequeñas, a veces más lejanas, a ratos más alcanzables, y todas las que quieras imaginar en un futuro en el que nunca se vean ni demasiado grandes ni demasiado lejanas. Nunca demasiado.
Las metas, en cambio, sí. Las metas son algo más terrenal y ajeno.
Es aquello que debes hacer, algo más aceptado en general.
Y son, en general, pocas y, a ratos, inalcanzables.
El destino de un tren sin seguro por accidente y con posibles averías, un tren en el que te montas sin saber cuántos relojes gastarás y, a veces, incluso es lo que menos te preocupa. Porque, claro, llega un momento, en un viaje largo y aburrido, en el que ya no quieres ser consciente del tiempo.
Las metas frustran y envejecen.
Las metas son un fin, los sueños en cambio el medio, un motor.
Y sí, tengo un par de metas a las que debería llegar, fines que se convertirán en medios para (poder) vivir, pero también tengo mil sueños por los que vivir, sueños que me hacen avanzar con ilusión y que le dan sentido a mis sentidos y música a mi piel y poesía a mis días.
Los sueños me alimentan el alma y juegan a romper relojes si así me lo invento.

Y no, en primer lugar nunca supe cómo hacerme,
pero sabía que debía hablarlo
y creo que por eso escribo.

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