jueves, 5 de febrero de 2015

"Cuando falta melodía, desvarío"

Uno se siente tan triste cuando descubre un alma desgarrada...
Es prácticamente inefable.

Puede que en ese momento tus latidos sustituyan al tictac de todos los relojes que pueda haber alrededor.
Justo en ese instante.

¿Lo oís?
Es entonces cuando empieza la música...
Emana una suave melodía.
Como si inhalaras un excitante aroma en varios segundos.
Y al entrar en tus pulmones se adueñara de tu alma y fuera cubriendo tu corazón
poco a poco.
Entonces la melodía va sonando más fuerte, a medida que ese maldito aroma va apretando el delicado órgano a la velocidad que se deshincha un globo. Casi explotándolo.
Y entonces se agrega su sonido de acústica de una iglesia.
Los órganos.
Destruyéndose con cada tecla.

Desaparece el gospel.
Y suenan violines, violas, violonchelos y con trabajo se va tejiendo una sombra en el ambiente a distintas marchas. Como Wagner o Tchaikovski.

Y sigue apretando, asfixiando,
la melodía.
¿Lo veis?
Son las paredes llenándose de sangre.
El rojo veneno inundándolo todo.

Luego empiezan a sonar bombos en la cabeza.
A marearte todo el conjunto
en su completo desorden de aspavientos ordenados.

Y te ciega una especie de locura instrumental...

Comienzan a arderte los ojos unos gritos lejanos acompañados de unas arpas que suavizan el ritmo de la empatía.
Y todo fluye.
Hasta el último grito.

Ahora entran los saxos murmurando un jazz melancólico.
Y muy muy de fondo
dos láminas de un metalófono
imitando tus latidos.
Pero ya no ves, ni oyes, ni padeces.
Sólo sientes aquella cadente orquesta en tu cabeza.
Y piensas si será el amor...
O las drogas...

Optas por lo segundo.
Bajas el volumen.
Miras a los ojos a esa persona
y las lágrimas se pierden en los gritos que ya son silencio.

Te das cuenta de que apenas han pasado segundos desde que te dejó cruzar tu mirada por su charco de lodo sólo por la gracia de asomarte a un:
precipicio más,
precipicio menos,
hasta que logras esbozar una sonrisa torcida
y la otra persona te mira
como si hubiera palpado los gritos con aroma a sangre
de aquella demente orquesta.
Y entonces...
quizá acaricies su mejilla
o apoyes la mano en su hombro y suspires.
Y entonces...
recoge tus entrañas
y haz mutis por el foro
tras la reverencia del director.
Porque eso es todo
o, más bien, nada:

el final de la función.




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